El barrio se convierte en el escenario prototípico de lo que podría ser -en un futuro no lejano- todo el pueblo. Los papás, sin darse cuenta cómo, pierden el control de sus vástagos. Olvidan –o fingen olvidar- que las bases educativas se cimientan desde el hogar, desde el púlpito familiar; no en la escuela, como ingenuamente creen algunos. Ahora muchos padres, fundamentados en esta falacia, pretenden delegar tal responsabilidad en manos de los instructores académicos, los dedicados a enseñar los conocimientos básicos de la ciencia, no de la educación ni la filosofía del comportamiento.
--Mi hijo, además de flojo, es un diablo –dice un padre ebrio en la junta de padres de familia de la única escuela primaria del barrio, agrediendo verbalmente a los profesores-. No quiere hacer la tarea ni ayudar en la casa, pero eso es culpa de ustedes, que no lo educan. Ustedes como maestros los deben educar.
Las humildes viviendas de madera y de color café –rojizas o prietas-ante la ausencia total de un roce de barniz, enfilan en algunas partes del barrio. En las puertas de algunas de ellas se ve, indiscreto, el sello cincelado por el poder maligno: “Banda 33” Muchos niños, ignorantes del significado, corren raudos a estampar también el “mágico” y “atractivo” graffito en los batientes de su puerta, aún sin conocer los efectos del poder soplado desde los diversos puntos cardinales del área comunitaria.
Niños y bebés abandonados, mugrosos y llorosos. ¿Dónde están sus padres? Alguien comenta que sus padres todos los días salen a trabajar.
--A ver, pequeño, ¿por qué lloras?
Los juegos infantiles, que en otros tiempos habrían sido inocentes, ahora se han tornado violentos, destructivos, preocupantes. Les da lo mismo sacrificar un inofensivo pájaro, saltando encima hasta hacerlo como tortilla, que destruir una barda escolar a pedradas, enterrar a un perro vivo, arrojar piedras sobre el tejado de las casas, o rayonear los muros de la escuela, colocando dibujos grotescos o escribir ideas estúpidas concernientes a la banda. Sus fechorías las cometen bajo la sombra de las noches, sí, exactamente, cual delincuentes profesionales, aprovechándose de la vigilancia ausente de una policía inútil.
Los profesores de la escuela primaria deben callarse ante el alud de desmanes, no por miedo a la incipiente organización delictiva, más bien para evitar enfrentamientos con los padres de los potenciales malhechores, quienes no creen del todo que sus hijos son los autores del vandalismo arrabalero. Insisten que El Cuarto Mundo está de cabeza por culpa de los responsables de las aulas y de la institución del saber. Prefieren lanzar improperios a los profesores que jalar las riendas de sus hijos. Por lo tanto, los padres -como los profesores- deben callarse ante la ola energúmena de los infantes de nueve, diez u once años.
De vez en cuando se escuchan imperiosas pero timoratas órdenes de una que otra madre que se esfuerza por restablecer el orden en el hogar o de animar al hijo a asistir al colegio.
--Ya cállate vieja estúpida –responde el hijo-, tú me mandas a la escuela por interés; si quieres dinero, vete tú a la escuela, ándale... lárgate.
Algunos entienden perfectamente que una actitud violenta y delictiva asumida por los niños es síntoma de un mal que penetra en la estructura social. Surgen esporádicos comentarios los cuales afirman que el mal ha provenido del norte del país, importado desde el otro lado de la frontera, desde el “paraíso terrenal”.
Se comenta que un adolescente, cansado de la ausencia casi permanente de sus padres, optó por retirarse del pueblo para ir en busca de nuevas expectativas. Su deseo se convirtió en acción: en pocos días estaba al otro lado de la frontera, en una ciudad “dorada”, donde no solamente se retribuía en dólares, también se veían y se conocían nuevas formas de vida. Su larga estancia en ese lugar lo hizo hábil en otros menesteres. Tuvo nuevas aspiraciones: regresar a su tierra e implantar el poder maligno.
Todo fue por debajo del agua. Labor meticulosa y clandestina. Su objetivo: los niños y adolescentes. La respuesta: excelente. Resultado: cambio total en el comportamiento de niños, adolescentes y jóvenes... actitud violenta y destructiva.
Una mañana fresca y húmeda de verano cuando aún no despuntaba el día, la señora se incorporó de la cama y le pareció extraña la ausencia de su marido. Avanzó hacia el cuarto contiguo de la recámara para cerciorarse de un mal presentimiento: como saco de boxeador, pendía con una cuerda de una viga de la casa al cuello.
Los religiosos ortodoxos establecen su punto de vista: “en el barrio el diablo sentó sus bases.
Algunos padres ignorantes, pero optimistas, opinan con una sonrisa a flor de labio: “el cambio es producto de los nuevos tiempos”. “Es algo normal”.
Los que le han entrado al ruedo, como abastecedores:”el barrio es un buen mercado”.
Angustiados, los consumidores casi gritan: “no nos abandonen”.