BIENVENIDOS

Hola amigos del planeta, bienvenidos a este sitio, en el que encontrarán textos originales del autor, cuentos y poemas, algunos de los cuales están escritos en náhuatl debido a que en el municipio de Rafael Delgado, Veracruz, México, aún se conserva esta lengua nativa de estos lares.(Pedro Enríquez Hdez.)



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24 feb 2012

EL PERRO DEL SOL


EL PERRO DEL SOL

Eran las dos de la mañana. El apacible y silencioso momento de un campo sin casas fue interrumpido por intrusos del sitio campirano. Los únicos moradores de una pequeña vivienda de cartón y madera, don Matías y doña Lencha, escucharon repentinos ruidos que suponían la presencia de personas no gratas. El marrano gruñía con fuerza y, según la pareja mencionada, los rateros pretendían robar al único cochino de más de cien kilogramos que estaba en el chiquero.

-Anda, Matías, sal por la puerta de atrás y vete a ver a los alguaciles –expresó doña Lencha-. Y diles que vengan rápido para que agarren a los malosos.

Don Matías caminó media hora para llegar a la comandancia de la policía municipal, entre milpas y enormes árboles que oscurecían más el camino. Por eso el hombre llevaba en la mano un cirio prendido para iluminar un poco el sendero por donde avanzaba.

-Se escucha que son varios –dijo don Matías al comandante de la policía, de nombre Mateo, pero era conocido con el mote de El perro del sol, un hombre alto y corpulento, con el cabello y cejas rubios.

-Súbete al caballo y vámonos –ordenó el comandante.

Se desplazaron sólo tres policías con el comandante. Atrás del Perro del sol, en el lomo del mismo caballo, iba don Matías. En menos de quince minutos los elementos del orden estaban rodeando el área ejidal con linternas y sendas escopetas en mano. Los delincuentes eran tres, dos de ellos enseguida se dieron a la fuga, pero el joven Ernesto, de la comunidad San Jerónimo, cayó instantáneamente al recibir un certero balazo por la espalda disparado por el Perro del Sol.

El padre de Ernesto juró vengarse. Y hasta los oídos de El perro del sol llegó esa sentencia. Entonces se acordó del asesinato que había cometido en contra de don Joaquín, un adulto mayor, pacífico y de respeto en el pueblo, y que su único error había sido el tomarse unas copas un Domingo de Pascua. Don Joaquín fue por un atajo para llegar más rápido a su casa, alrededor de las once de la noche, pero en ese atajo El perro del sol asaltó y mató a golpes al caminante nocturno. Don Joaquín era un hombre de baja estatura, de 60 años, y jamás pudo defenderse ante el enorme hombre güero, vaya, ni siquiera intentó defenderse por el estado etílico en que iba.

“Quien a hierro mata a hierro muere”, refrán que se produjo en la mente del comandante al enterarse que también lo buscarían para matarlo.

En el pueblo sólo había dos camiones que prestaban el servicio de pasaje, que trasladaba y traía a la gente del pueblo a la ciudad principal. Los vehículos tenían que pasar por San Jerónimo, el único paso de terracería que había para ir a la ciudad. Ahora el padre de Ernesto se dedicó a revisar casi con lupa los autobuses destartalados que pasaban a su dominio terrenal. Escopeta en mano subía a revisar los asientos del camión, en busca de El perro del Sol. Pero éste suspendió sus viajes a la ciudad. Dejó pasar mucho tiempo. Calculó que las cosas ya habían regresado a la normalidad. Se subió a una unidad de pasaje y se fue a la ciudad, a divertirse un rato pues hacía tiempo que no disfrutaba un momento especial.

Tomó sus copas, visitó a unas damas, se divirtió y regresó a las once de la noche, en el último viaje de regreso que hacía el camión de pasaje al pueblo. Venían nueve pasajeros en la unidad, entre ellos, El perro del Sol. En San Jerónimo el vehículo se detuvo. Dos sujetos se pararon enfrente con sendas armas largas de fuego. Uno de ellos subió al camión. Era el padre del difunto Ernesto. Revisó asiento por asiento. El perro del sol no tuvo escapatoria. De rodillas le pidió perdón al papá de Ernesto, explicándole a la vez los hechos ocurridos años a tras respecto a la muerte de su hijo. Pero el viejo necesitaba descargar su rencor en el homicida. Por lo que disparó su arma a quemarropa en contra del ex comandante. “Quien a hierro mata a hierro muere”, exclamó el nuevo asesino.

El padre de Ernesto lo conocían con el apodo de “El terror de la colonia”. Después de lo sucedido en el camión de pasaje este individuo se hizo más famoso por su crueldad, pero aun así se vio en la necesidad de “fugarse del lugar”, según la versión de la gente, pero en realidad lo que había hecho era esconderse en su casa. Su esposa, doña Clarita, le sugirió que se acercara a Dios para que dejara esa actitud de maldad.

El asesino le pensó mucho, y después de dos años “se acercó a dios”. Visitó al párroco del lugar y se manifestó arrepentido. El sacerdote le solicitó confesarse de todo lo que había hecho en su vida y, además, tendría que comulgar para que de una vez por todas recibiera el cuerpo del señor.

Poco después El Terror de la Colonia se entregó al trabajo “honesto” y dejó de delinquir. Dejó atrás la estela de robos y de asaltos en el camino de San Jerónimo. Se convirtió en carnicero. Mataba cerdos y vendía carnitas y chicharrones los sábados y domingos. Pero el “negocio” no estaba en el éxito de las ventas, sino en el peso incompleto que despachaba a sus clientes, y en el pago incompleto que hacía al comprar los marranos.

Cierta tarde, luego de ocultarse el sol, recibió a dos visitantes en su casa. Eran Pablo y El Perrín. El primero era originario del pueblo y el segundo había llegado de la sierra, en busca de trabajo. Se hizo amigo de Pablo, un hombre sin oficio ni beneficio, pero que tenía el buen gusto de vestirse bien y hasta usar perfumes finos. En tanto que el Perrín, que por cierto nadie nunca supo cómo se llamaba, era una persona que se vestía de manta, sombrero y huaraches de correas.

Le preguntaron al ex terror de la colonia que si no se interesaba por un marrano, de ciento cuarenta y cinco kilos. Pablo se identificó como tal, pero su acompañante nunca dijo una palabra.

-¿Y de quién es ese puerco?, preguntó el carnicero.
-Mío, respondió amablemente Pablo.

Sin más preámbulos el cochinero entró a su casa para traer el dinero y su báscula romana. Calculó cuánto sería por un cochino de más de ciento cuarenta kilos. Pero como siempre en su mente pasó rápidamente la idea de pagar menos del valor real. La “jugada” estaba en desajustar la báscula para que el aparato de medición arrojara menos pesaje del bulto corporal.

Los tres hombres descendieron de la parte alta de San Jerónimo y caminaron por sitios solitarios con rumbo al pueblo. Cruzaron el Ejido La ardillera para posteriormente internarse a una zona de muchos árboles, pero antes tuvieron que pasar por el vado de un río con el fin acortar distancias. Una vez cruzado el río, Pablo y El Perrín le “cantaron derecho” al carnicero. Le exigieron que les entregara el dinero pero la víctima se negó, por lo que se armó el enfrentamiento. Pablo sacó un machete de entre sus ropas y atacó al indefenso hombre, pero éste, a pesar de la oscuridad y de haber recibido un machetazo en el hombro derecho, logró quitarle el arma al atacante y se fue en contra de él. Pablo se arrojó al río para salvarse. Aprovechando la distracción, El Perrín saltó sobre el carnicero y recuperó el arma, para luego quitarle la vida a machetazos. Ambos tiraron al cuerpo ensangrentado al río.

Eran las seis y media de la mañana del siguiente día. El Perrín estaba en un solar cosiendo ropa limpia para cambiarse. La prenda que tenía puesta delataba sobremanera la acción que había realizado: estaba llena de sangre. Pablo se acercó a él y le dijo que huyera porque pronto se armaría el escándalo.

A las nueve de la mañana un parroquiano se acercó a los alguaciles para informarles que en la curva del río, abajito de su casa, se encontraba atorado un cadáver. Las autoridades pronto se trasladaron al sitio mencionado. El cuerpo era de un desconocido del pueblo, pero por esos minutos a la comandancia de la policía ya había llegado una señora.
-Busco a mi esposo pues desde anoche salió de la casa y no ha regresado -dijo compungida doña Clarita.

El comandante de la policía le hizo algunas preguntas a la señora, quien entre otras cosas respondió que la tarde del día anterior, ya casi de noche, se presentaron dos individuos en su casa para ofrecer en venta un cochino. Uno de ellos no habló, pero el otro dijo llamarse Pablo.

-Lo siento señora, su esposo fue asesinado.

Doña Clarita se soltó a llorar, a pesar de que no creía del todo de lo que le acababan de anunciar. Y a pesar de que sólo había tres elementos policíacos éstos hacían un gran escándalo y una importante movilización con la ayuda de hombres y señoras, vecinos del lugar. Las autoridades tuvieron la ocurrencia de llamar a todos los Pablos del pueblo.

Eran ya las once de la mañana del día siguiente de los hechos. La madre de Pablo ya estaba preocupada por su hijo. Pablo, al enterarse de que andaban buscando a todas las personas que tenían el mismo nombre, se animó a presentarse ante la policía para desechar sospechas, mas no sabía que a todos los Pablos los presentaban ante la señora Clarita para que pudiera identificar al presunto asesino; todos los Pablos pasaban a revisión.

-No, ese no –decía la señora al ir pasando los Pablos ante su mirada.

Pablo, el asesino, llegó ante la multitud, fingiendo desconocer lo que pasaba. Unos vecinos que estaban ahí gritaron.
-Ah, ese también se llama Pablo,
-A ver, Pablo, pasa por aquí –ordenó un guardián del orden quien tenía por arma sólo un pedazo de palo.

Pablo siguió fingiendo y pasó sin demostrar nerviosismo.

-Sí, este fue –gritó doña Clarita.

Lo detuvieron de inmediato y lo remitieron a la cárcel de la ciudad vecina. Las autoridades judiciales le sentenciaron catorce años de prisión. Al año Pablo se enfermó. Dejó de comer. Adelgazó pronto. A los pocos meses falleció tras las rejas. En el pueblo se comentó mucho que lo había matado su ex mujer mediante un trabajo de brujería.



11 feb 2012

VIAJERO


VIAJERO

Era un día sombrío por la neblina del lugar. El hombre se detuvo al ver trabajosamente el siguiente letrero escrito sobre un madero clavado en un vetusto árbol a la entrada de un bosque: “Un gran viaje comienza con un primer paso”.

Reflexionó. Se dio cuenta que en su pueblo no sólo no había podido avanzar, sino que tenía muchos problemas con la sociedad. Se peleaba con sus vecinos y con frecuencia se enfrentaba con sus hijos, con su esposa.

Al ver el letrero se le metió la idea de alejarse de su lugar de origen para siempre. Pensó en el Catrín, su caballo, al que también lo maltrataba, pues a veces no le daba de comer ni de beber. El equino estaba un poco flaco. Pero ahora pensó en él.

Al tercer día, en la madrugada, emprendió el viaje, sin avisarle a nadie y sin tener un destino específico; sólo deseaba llegar a un lugar pacífico, donde lo entendieran y pudiera vivir en paz.

Cruzó valles y montañas hasta llegar a una zona desértica. Fue ahí donde empezó a sentir el verdadero viaje y el verdadero problema para viajar. Lo poco que llevaba de alimentos lo consumía a cuenta gotas para poder reservarlo en los momentos más difíciles.

Por el caballo no se preocupó tanto al principio porque pensó que comería hierbas en cualquier lugar. Mas estando ya en el desierto se percató que el animal empezaba a sufrir pérdida de fuerzas por no poder consumir la suficiente ración alimenticia.

Hubo un momento en que el caballo cayó. Ya no quiso caminar. El hombre vio que era imposible que su “amigo” pudiera avanzar más, pues el animal estaba moribundo. Lo que hizo es dejarlo a su destino y empezar a caminar a pie. Pero más adelante le sucedió exactamente lo mismo. También cayó. Pero no se daba por vencido. Se arrastró. Se desmayó…

Al reaccionar vio que estaba en un hospital. Preguntó que qué le había pasado. Nada recordaba. La enfermera le explicó lo sucedido. Empezó a recordar algo.

-¿Y mi caballo? –preguntó.

En eso llegaba un médico, vestido con bata blanca, y le respondió:

-No, no hubo ningún caballo.

El galeno, alto, de barbas, de tez blanca y de ojos claros, le explicó que él en realidad nunca viajó en ningún caballo. Lo que consideraba caballo era su cuerpo y él, jinete, era su espíritu.

-Lo que sucedió -le dijo- fue que tú nunca te preocupaste por nutrir responsablemente tu cuerpo. Tus defensas siempre estuvieron muy bajas. Tenías una misión en la Tierra y no lograste cumplir porque no te cuidaste.

En cuanto esperabas llegar a un lugar donde pudieras encontrar paz y tranquilidad –le siguió diciendo el facultativo-, no era posible, porque el caos no estaba en el pueblo donde vivías, sino estaba en ti y sigue estando en ti. Tendrás que meditar y decidirás más tardes qué deseas hacer más adelante.

El hombre ya no pudo moverse. Quedó quieto. Las aves de rapiña empezaron a rondar el sitio del cadáver.

19 ene 2012

EL PODER DE LAS CREENCIAS


EL PODER DE LAS CREENCIAS

Existe un refrán que dice: “cada cabeza es un mundo”. Así es. Cada cabeza es un mundo de ideas y de pensamientos que a final de cuentas se convierte en una especie de motor de dirección que conduce a cada uno regido por ese conjunto de creencias. 

En este mar de ideas y de pensamientos se encuentran creencias limitantes y creencias expansivas. Las primeras son las que nos atan en cierto modo y no nos permiten caminar bien en la familia, en la escuela o en el trabajo.

Muchas veces las costumbres familiares se arraigan demasiado en nosotros y se convierten en verdaderas barreras para el avance que quisiéramos realizar. Por ejemplo es común pensar que las tareas de la casa le corresponden a la mujer, e incluso a ésta muchas veces se le llama ama de casa, cuando los quehaceres del hogar se pueden ejecutar entre todos, papás e hijos.

Si se trata de incrustar clavos en la pared, taladrar el muro y cambiar un foco, por ejemplo, también se piensa que es tarea del hombre, aunque una mujer también lo puede hacer. Que lavar los trastos, lavar la ropa y preparar la comida es trabajo exclusivo de la mujer.

El quehacer del hombre es ir a trabajar y llegar enojado. Por eso muchas veces la mujer le dice a su hijo: “vas a ver, nada más que venga tu papá y le voy a decir”. Porque el señor de la casa sí grita, manda y hasta golpea.

Podemos decir que muchas veces estamos atrapados en un cajón de creencias y no queremos salir de ahí, nos cuesta salir de ahí o simplemente ignoramos que estamos atrapados. Esto definitivamente nos limita  en el avance de la vida.

Estas creencias no las podemos ver, pero sí se pueden manifestar en los efectos del estado anímico. Si en nosotros existe frustración, fobia, envidia y otros malestares, es indicio de que estamos mal y tenemos que buscar la solución en el manejo de nuestras creencias.

Los problemas que se tienen son enfermedades del pensamiento. En la mente se encuentra almacenada mucha información inconsciente, y parte de ella se vuelve obstáculo para nosotros.

Las creencias, sin embargo, pueden ser limitadas o expansivas. Las limitadas, como hemos visto, son las que nos impiden caminar libremente. Ellas son como cadenas amarradas en los pies que nos impiden movernos con libertad.

Las creencias expansivas, por su parte, son las que nos ayudan a ser más libres, más centrados y más maduros en la vida. Podemos mencionar un ejemplo de creencia limitada con respecto al dinero. Hay gente que cree que tener mucho dinero es malo, aunque diariamente necesita dinero para comer.

Sobre este particular hay que puntualizar que el dinero es energía; lo obtenemos a cambio de un trabajo, de un esfuerzo, porque nadie nos paga si no realizamos un esfuerzo que se llama trabajo.

Bajo esta óptica, el dinero no es malo cuando procede de nuestro esfuerzo y de nuestra energía. Por tanto, el dinero nos llega dependiendo de cómo lo vemos y pensamos respecto a él. Muchas veces el éxito del trabajo y consecuentemente del dinero nos parece extraño porque no estamos acostumbrados a ello.

Para alejarnos del fracaso tenemos que realizar un esfuerzo de cambiar el rumbo de nuestros pensamientos. Para comenzar hay que valorar todo lo que hacemos, por muy insignificante que parezca.

Por ejemplo, emocionarse y alegrarse por haber logrado una buena jornada de trabajo, por haber aprobado un examen, por haber oído el canto de un pájaro, por haber visto la sonrisa de un niño, etc.

No es correcto decir: “pase a mi humilde casa”. ¿Por qué humilde? ¿Por qué menospreciar al sitio maravilloso donde vivo tal vez con mis hijos, con mi esposa (o), mis padres u otros seres queridos? Debemos decir: “pase a mi casa”, “pase a mi palacio”, “pase a mi bonita casa”? no hay que decir “pobre pero contento”, “pinches ricos”, los ricos son orgullosos”. No. Tenemos que valorarnos y valorar a los demás.

Valorarnos es aceptar que somos parte del Universo, somos parte de la creación divina o de la misma divinidad. Por eso es importante que todo el tiempo nos alimentemos de frases fuertes como “Gloria eterna al ser divino que habita en mí”.

Y lo más importante, agradecer siempre por estar vivo y por todo lo bueno que ocurre en nosotros. El que agradece vive en estado de gracia. El que no agradece vive en la miseria aunque éste esté pudriéndose en la riqueza monetaria más grande del mundo.

El que agradece disfruta. Si todos los días repetimos “gracias” “gracias”, será la mejor oración que podemos ofrendar al creador del universo. Decir Gloria Eterna al ser divino que habita en mí, automáticamente reconocemos que en nosotros vive Dios o la fuerza del universo, independientemente de que pertenezcamos a una religión o no.

El éxito se alcanza siempre con una base espiritual, sin ella nada es posible. Por ello hay que estar siempre pendientes de levantar la casa, componer y reparar algo en nosotros.

Hay que vigilar en todo momento nuestros pensamientos, pues de aquí parte todo. Por lo tanto, observa a tus pensamientos, estos se convierten en palabras; tus palabras se convierten en acciones; tus acciones se convierten en hábitos; tus hábitos se convierten en carácter y, finalmente, tu carácter se convierte en tu destino. ¿Qué destino queremos tener?

Todos somos una historia individual. Voltear a ver atrás, ver nuestra trayectoria, ver nuestro pasado. ¿Nos satisface lo que hemos hecho? Si no nos satisface está en nuestras manos cambiar esa historia.

Como puede observarse, el poder está en los pensamientos; este poder nos puede matar o nos puede engrandecer; nos puede llevar a la luz o a la oscuridad, a la noche o al día, a Dios o al diablo. Es cuestión de saber manejarlo y enfocarlo para alcanzar el éxito integral en la vida: trabajo, familia, dinero, amigos, salud, fortaleza espiritual, etc.


13 ene 2012

ABANDONADO


 ABANDONADO

Siguiendo con lo que les decía ayer, el individuo estaba dispuesto a suicidarse, se le había cerrado el mundo. El último vecino que le preguntó la razón de sus graves preocupaciones, él respondió simplemente que ya no tenía sentido vivir. Explicó que su esposa, la norteamericana, se le había ido y él ya no tenía dinero para ir a buscarla en el país vecino.

-Por eso –dijo.

Amaneció y vio que el cielo estaba amarillo a pesar de que estaba totalmente despejado. Quiso escuchar música, pero no pudo. Tiró del mueble su minicomponente y lo pateó con fuerza, partiéndose en tres, cuyos pedazos fueron a dar hasta la calle y por poco lastimaba a una niña que iba pasando por ahí con su mamá. La señora masculló unas palabras que no se alcanzaron a escuchar. Él contestó con una grosería impublicable.

Vio que llegó una parvada de aves y éstas se colocaron en su cabeza, lo cual le nubló más la vista. Se las quiso quitar. Se sacudió con las dos manos dando brincos. No soportaba la casi total oscuridad. Eso lo motivó a salir de su casa. Afuera respiró hondo y se sintió un poco más liberado. Sus ideas le decían que arriba de un árbol podría estar mejor. Regresó adentro de su casa y buscó un cordel. Encontró una reata que estaba en la bodega. 

Salió de nuevo y se alejó de su casa. Llegó a un bosque, donde se veían algunos árboles. Escogió uno, el más alto y frondoso. Tiró con fuerza la punta de la cuerda, la cual logró pasar arriba de una gruesa rama. Formó unos nudos en la reata para poder subir. Empezó a escalar. Se cansó de las manos. Se quedó quieto.

Cuando volteó a ver, notó que estaba ahí su abuelo materno, que llevaba  mucho tiempo sin verlo.

-Hola, hijo, ¿qué estás haciendo? –preguntó el anciano.

-Nada, abuelito, aquí trato de subirme al árbol porque siento que me sentiría mejor estando arriba.

-No hijo, no te subas. Ven, mira te presento a un amigo.

Miró y vio a un personaje extraño, pero de rostro muy amable. Era una persona muy especial. Sin decir palabras, lo tomó de las manos.

-Bienvenido –dijo dulcemente el extraño personaje.

-No entiendo nada –expresó el suicida-. A ver, abuelito, dame una explicación que está sucediendo. Quién es esta persona y por qué al tomarme de las manos se me fue todo el malestar que sentía hace unos momentos.

-Calma, hijo. Tú también ya está al otro lado. Acabas de pasar conmigo.

Empezó a llorar de tristeza y de alegría. Lloró amargamente al darse cuenta que un ángel y su abuelo lo estuvieron acompañando estando vivo. El ángel le comentó que siempre le indicó el camino a seguir pero él pocas veces obedeció.

-Tú cometiste muchos errores en la vida corpórea –dijo el ángel-. Pero no te preocupes. El Creador y los Seres de Luz te daremos otra oportunidad para que regreses de nuevo al mundo físico, no precisamente al planeta Tierra, para que sigas evolucionando. Pero, claro, eso será en otra etapa de tu vida.

Los vecinos se acercaron al árbol. El individuo estaba colgado. En la página policiaca de los diarios coincidían los titulares. “Se suicidó porque lo abandonó su mujer”.


10 ene 2012

RUMBO A LA ERA DE PIEDRA

RUMBO A LA ERA DE PIEDRA


Se han callado las aves mientras que la tierra se retuerce de dolor por el daño que le ha hecho el hombre.

En los cauces secos de los ríos hay sólo hojarascas donde serpentea el reptil en busca de agua.

Los cerros están pelones, los traficantes de madera sólo suspiran en vez de sembrar árboles.

La tierra nos da un mensaje incompleto. Nadie sabe qué es lo que dice realmente. Todos saben que algo va mal, pero nadie entiende nada en concreto.

El tiempo de lluvias va a los extremos y causa inundaciones exageradas. El tiempo de fríos sepulta a ciudades enteras con el hielo. Las sequías causan incendios y bajan los niveles de agua.

Es el fin del mundo, dicen algunos. Es el castigo divino, alegan otros. ¿Pero qué es el fin del mundo? ¿Sería la destrucción total de la humanidad, donde ya no quedaría ningún ser vivo?

Eso no sería posible. El planeta está joven. Si desapareciera el hombre de la faz de la tierra pronto reverdecería de nuevo y este hábitat se convertiría una vez más en un verdadero paraíso.

Nadie sabe qué piensa el planeta, el Ser Vivo que amamanta al hombre. Se deshielan los polos. No hay marcha atrás. La Tierra perderá su equilibrio de rotación y cambiará la posición de su “eje”. Eso provocará cataclismos. Muerte. Destrucción de ciudades, de países.

El hombre de la civilización actual pasará a la era de piedra. Vivirá en cuevas. Vivirá de la caza. Será nómada nuevamente. Perderá la memoria de su avance.

Hoy en día nadie valora la era actual. Es el resultado de una paz natural de muchos siglos. Esa paz ha permitido el avance y crecimiento de las civilizaciones actuales.

El hombre presume de haber dominado la naturaleza, pero no hay verdad en eso. Es la naturaleza que ha estado quieta y el hombre ha podido aprovechar para su avance.

El Planeta Tierra no es del hombre, el hombre es del Planeta. Es ridículo querer “adueñarse” del mundo.

A nadie le interesa salvar la Tierra aunque el hombre siga haciendo protagonismo con la “Hora del Planeta”. Salvar al Planeta es paralizar las actividades económicas en su totalidad. Es frenar de tajo la natalidad en el mundo. Es ir por propia voluntad a otra era. Pero eso es imposible.

El planeta es patrimonio universal. Es propiedad de otras civilizaciones no terrestres. Pero más allá de todo eso, es propiedad de un Creador.

La ciencia y la tecnología han avanzado para beneficio múltiple del hombre, pero no han llegado y nunca llegarán a controlar la naturaleza.

Y los japoneses lo saben.
Y los que están mirando también lo saben.

27 nov 2011

PERSECUTOR


PERSECUTOR

Se sintió perseguido, hostigado, buscado, rastreado, cazado, acosado, acorralado…
Su persecutor iba tras él cada vez que emprendía una salida.
Entonces vino a su mente lo más macabro que había hecho en su vida: matarlo.
Para hacerlo tenía que conseguir un arma; una pistola, por ejemplo.
Pero no tenía dinero.
Tuvo que botear en las calles y en los camiones de pasaje, diciendo que el dinero era para su madre quien estaba enferma.
Compró un revólver viejo de seis tiros pero sólo podía disparar cinco balas, la última se quedaba atorada en el cilindro.
Más el persecutor seguía ahí, cerca, muy cerca de él, por lo que la operación de compraventa la hizo con mucha prudencia para que el enemigo no pudiera enterarse del plan.
Planeó matarlo de noche.
Al salir sigiloso de su casa vio que no había nadie.
Miró por todos lados entre la oscuridad, con la pistola en la mano y con el cartucho cortado.
Pero nadie.
Se quedó parado ahí, afuera de su casa.
Amaneció.
Con la luz del sol vio de nuevo a su enemigo.
Sin mediar palabras, giró rápidamente y descargó las seis balas; sólo que la última no disparó, quedó atorada en el arma.
Su sombra siguió ahí.
“Hoy me doy cuenta que sólo muerto yo, desaparecería mi enemigo”, dijo al ver que su sombra no murió.