Jala, Pilla. Jaló o no jaló, pero ahí está Jalapilla, con su gente trabajadora, luchando, batallando. Ya no tienen nada que ver con los hacendados como en otros tiempos, ahora son autónomos, son campesinos, son obreros, albañiles, profesionistas, comerciantes, artesanos, etc. Son parte de Rafael Delgado, municipio que aunque lento, crece y camina, surgiendo así otros asentamientos como los de Novillero, Las Sirenas, Boquerón, San Isidro, Huizachtla, San Miguel, etc.
Aquí no hay Novillero Chico ni Novillero Grande, simplemente Novillero, en el que también radica gente de otros lugares formando una mezcla poblacional con los nativos de la localidad. Casas, viviendas, hogares, niños, hombres, mujeres, es gente de Novillero que vive, camina y transita cerca o en la orilla del camino de Jalapilla-cabecera municipal.
Antes del puente, el ejido, sí, el ejido San Juan del Río, que se extiende tanto a uno como a otro lado: Shalapa, Cien Hectáreas. Las Sirenas, San Isidro, Huizachtla, San Miguel; estas no son personas, son nombres de los asentamientos humanos desordenados que se han establecido como consecuencia de la dispersión poblacional de Rafael Delgado. Ejido destrozado, otrora zona de siembras y de cultivos agrícolas; ahora tomado por área semiurbana y de asentamientos, comunidades serias y de crecimiento sin urbanización reglamentada hasta el momento: hectáreas y hectáreas colindadas, sin fraccionamientos en manzanas, ni calles ni avenidas, simplemente desorden que le está diciendo adiós al ejido y a la reserva ecológica del municipio y del parque ecológico nacional.
Pueblo campirano que aún se sustenta en las cosechas agrícolas, sembrando y floreciendo nardos, azucenas y gladíolas. Ya no se levanta a las tres de la mañana como fue su padre, su abuelo o bisabuelo, pero se levanta en la punta de los primeros rayos del amanecer para ir al campo con sus azadones, machetes, palas y otros aperos para la labranza. Claro, ya no lo hace a pie, ahora ya se modernizó: va y viene en vehículos.
Ahí está la cabecera municipal con sus cinco barrios angostos y alargados como silencios y cantos de La Calandria; de norte a sur y de oriente a poniente; primero, segundo, tercero, cuarto y quinto barrios. Calles de tierra y algunas pavimentadas, paso peatonal y vehicular de los delguenses. Testigos mudos de buenos y malos hábitos: trabajo, escuela, progreso, pero también el sello negativo de un pueblo que falla: vandalismo, vagancia, alcoholismo y drogadicción. Madres y padres amorosos e inteligentes que forman y guían a sus hijos; padres y madres irresponsables que dejan al garete a sus vástagos indefensos. Niños, adolescentes y jóvenes que forjan su futuro; niños, adolescentes y jóvenes que cavan y abren el hoyo de su tumba.